Fuente: https://www.newtral.es/xavier-barcons-mayor-telescopio-contaminacion-luminica-satelites/20261027/
Torres del Paine es uno de los lugares de la Tierra donde se acaba el mundo. En este lugar de la Patagonia chilena, alejado de toda civilización, el director ejecutivo del Observatorio Europeo Austral (ESO), Xavier Barcons, trató un día de ver si había señal de internet móvil. “Tienes una conexión a Starlink, si quieres”, cuenta por videoconferencia. La red de satélites privada de Elon Musk llega a casi cualquier lugar porque, sencillamente, ya está por cualquier sitio en los cielos del planeta Tierra.
Y, sin embargo, “de ahí no se saca el dinero“. Musk, a través de su ecosistema espacial, realmente se está haciendo, poco a poco, dueño de la órbita baja de la Tierra. Y eso está enmarañando las observaciones de “quienes no tienen una actividad comercial, sino científica”. Aunque en tierra firme, la astronomía de los telescopios también se enfrena a nuevas amenazas.
Barcons se jubiló al terminar el verano, con una batalla ganada por el ESO, la organización europea que despliega la mayor red de telescopios del hemisferio sur, en el desierto de Atacama. Este es uno de los lugares del planeta con los cielos más limpios del mundo. Sin embargo, un macroproyecto de producción de hidrógeno a escasos kilómetros amenazó el desarrollo de las observaciones celestes, al punto de haber podido dar al traste con décadas de inversiones millonarias en ciencia e ingeniería. Y de poner en jaque el nacimiento del mayor telescopio óptico jamás construido por el ser humano.
Barcons atiende a Newtral.es en Canarias, invitado por el festival Starmus. Allí ha podido conversar con algunos colegas que han visto cómo las islas se han quedado sin el Telescopio de Treinta Metros que un consorcio liderado por EEUU iba a instalar allí. La organización descartó en septiembre La Palma como destino, pese a una oferta española ”extremadamente generosa. Todavía no me lo acabo de explicar”, dice. Teme que el proyecto, atascado en Hawái (donde ha generado oposición local) y sin financiación suficiente, no llegue a construirse. Dicho lo cual, “no será un problema para la ciencia europea”. El ojo al cosmos de Europa lleva décadas instalado en Chile.
Durante la última década, Barcons ha pilotado desde el ESO la construcción del Extremely Large Telescope (ELT), en Atacama. Se trata del telescopio óptico más grande del mundo, con un espejo principal de 39 metros. Aunque hay quien creía que el observatorio orbital James Webb jubilaría a los gigantes terrestres, Barcons invoca al peso. Lo máximo que puede ponerse en una órbita útil para la astronomía ronda las 20 toneladas, y la estructura y la óptica del ELT suman 3.750. “Por eso el que estamos construyendo tiene casi 40 metros”, compara. Un ojo más grande permite ver más cantidad y más lejos. En el espacio y en el tiempo.
La fase más delicada, el ensamblaje de los espejos en la estructura, arrancará dentro de un año. El reto que más le preocupó fue el quinto espejo, una elipse de carburo de silicio de 2,7 por 2,2 metros que debe moverse sin doblarse para estabilizar la imagen, el mayor de su tipo en el mundo. “No quiero cantar victoria todavía, pero lo tenemos prácticamente resuelto”, afirma.
Un millón de satélites
Barcons recuerda que en 2019, en una reunión ministerial de la ESA en Sevilla, había ya unos 3.500 satélites en órbita baja, cerca de 2.000 de ellos, militares. ESO calcula que hoy hay unos 14.000 sobre nuestras cabezas, cifra que eleva a 32.000 contando los satélites muertos y los fragmentos convertidos en chatarra.
Sólo las megaconstelaciones que regularmente lanzan SpaceX (Elon Musk), Amazon (Jeff Bezos) y empresas chinas ya suman más de 3.000 nuevas incorporaciones a la órbita baja al año.
SpaceX ha solicitado a la Comisión Federal de Comunicaciones de EEUU operar hasta un millón de satélites como centros de datos para inteligencia artificial. “Es una solemne tontería”. Haría la astronomía desde tierra “inviable o de muy baja calidad” y sumaría luz a una contaminación lumínica que ya crece hasta un 10% al año, con efectos en plantas y animales. Y multiplicaría el riesgo de choques en cadena, como la ficción retrató en Gravity (Alfonso Cuarón, 2013). “Las maniobras para evitar colisiones están creciendo exponencialmente. Un día va a haber un fallo ahí”.
Para Barcons, estas empresas “tienen muy poco que ver con la exploración del espacio y nada que ver con la ciencia”. ¿Son todos contaminantes lumínicamente? Por intermediación de la Unión Astronómica Internacional para la protección de los cielos oscuros, SpaceX rediseñó sus satélites para que reflejen la luz solar hacia el espacio. Le inquietan más las constelaciones que emitirán en frecuencias altas, “muy nocivas para los radiotelescopios”.
¿De quién es el cielo?
Barcons admite no tener una respuesta cerrada, pero sí una convicción: “Es de la humanidad. No puede ser ni de una empresa ni de un gobierno ni de nadie. Debe ser patrimonio de la humanidad”.
El foro donde los Estados negocian el uso pacífico del espacio, el comité de la ONU con sede en Viena del que ESO es observador, “no tiene dientes”, lamenta. “Es un foro de buena voluntad, y la buena voluntad termina donde empiezan los intereses comerciales”. Pide a los gobiernos que regulen la órbita “con una mínima normativa y no como si esto fuera el lejano oeste”.
El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe reclamar la soberanía del espacio, pero se redactó cuando aún no había constelaciones satelitales. La primera norma nacional contra la basura orbital la aprobó la Comisión Federal de Comunicaciones de EEUU en 2022 y obliga a retirar los satélites de órbita baja en un máximo de cinco años desde el fin de su misión. La Comisión Europea empezó a tramitar en junio de 2025 una Ley Espacial centrada en maniobras para evitar choques, un plan de retirada y medidas contra la contaminación lumínica y de ondas de radio.
Entretanto, la tensión geopolítica se traslada a la órbita, a falta de regulación. Entre el 15 y el 19 de octubre, el satélite militar ruso Kosmos 2612 pasó de estar a 350 kilómetros a menos de cinco del ICEYE-X36, un satélite estadounidense que proporciona imágenes a Ucrania. Durante días se colocó delante y detrás de él y empezaron a jugar al ratón y el gato. Moscú no ha explicado la maniobra y ninguna norma fija a qué distancia puede acercarse un satélite a otro. Un mes antes, el secretario de la Fuerza Aérea estadounidense, Troy Meink, había reconocido que su país ya tiene armas de control espacial en órbita.


